Salt Lake City: Donde la Gravedad se Rinde y Nacen Leyendas

Salt Lake City: Donde la Gravedad se Rinde y Nacen Leyendas

28 d May, 2025

Desde el corazón rocoso de Utah, donde las montañas parecen arañar un cielo de un azul purísimo, Salt Lake City no fue solo anfitrión, sino un crisol hirviente de emociones, un lienzo donde la escalada deportiva pintó otra de sus epopeyas. La Copa del Mundo de Boulder 2025, tercera gema de la corona de la temporada , se desplegó no como una mera competición, sino como un tratado sobre la resiliencia humana, la estrategia milimétrica y el dominio de naciones que han hecho de la verticalidad un arte. 



Y en este arte, Japón no solo participa, impone su caligrafía. El Sol Naciente no solo ilumina, calcina las esperanzas rivales con una contundencia que ya es tradición. En la rama varonil, la figura de Sorato Anraku se agiganta. No es solo ganar; es cómo se gana. El joven prodigio, con la templanza de un veterano y la audacia de quien se sabe tocado por los dioses de la escalada, firmó su tercera victoria consecutiva, un hito que lo empareja con el legendario Kilian Fischhuber. Pero el camino al Olimpo de Anraku no fue un paseo triunfal. Tras un inicio titubeante, donde otros acariciaban la cima y él apenas la zona, y un reinicio forzado que hubiese quebrado a muchos, el nipón sacó la casta de los elegidos. Un flash en el tercer problema, y la estocada final en el cuarto, desataron la euforia contenida de un público que sabía que estaba presenciando historia. Cinco samuráis de la vertical en la final masculina, una declaración de intenciones que resuena hasta Praga, próxima parada de este circo de fuerza y equilibrio. 


La plata de Sohta Amagasa y el bronce agónico del surcoreano Dohyun Lee , quien necesitó un top en el último suspiro para colgarse el metal , completaron un podio donde la bandera japonesa ondeó con orgullo imperial. Y entre ellos, la figura de Rei Sugimoto , en lo que podría ser su última danza internacional, aportando esa energía del guerrero que se despide con honor, contagiando a sus compatriotas.



Si en los hombres hubo un emperador, en las damas, la redención tiene nombre de mujer: Mao Nakamura. ¡Cuántas veces el amargo sabor del cuarto puesto! Pero Salt Lake City estaba destinada a ser su escenario de consagración. Su primer oro en Copa del Mundo, lágrimas que sabían a gloria y a perseverancia, el grito contenido de quien rompe cadenas invisibles. El podio lo compartió con la solidez francesa de Zélia Avezou y el fuego local de Annie Sanders.


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 Ah, Annie Sanders. La heroína de casa. Con más de 3,500 almas coreando su nombre , la estadounidense transformó la presión en combustible. Sus splits imposibles, sus flashes de pura confianza en semifinales y en los primeros compases de la final, fueron poesía en movimiento. Un bronce que supo a oro para una afición entregada, aunque la polémica del countback –ese método que a veces desluce el presente por glorias pasadas– dejara a tres atletas empatadas en la puntuación, decidiendo el color del metal por lo hecho en rondas previas. Incluso el diseño de algunos problemas en la final femenina generó debate, ese eterno diálogo entre la creatividad del route setter y la justicia deportiva. 



Y en este escenario de titanes, las banderas latinoamericanas ondearon con dignidad y coraje. En la rama femenil, la argentina Valentina Aguado y la brasileña Laura Farhat De Araujo Fraga Timo dejaron su huella. Entre los varones, la legión latina también dijo presente: los chilenos Benjamín Vargas y Joaquín Urrutia, el brasileño Rodrigo Iasi Hanada, los costarricenses Ariel González y Tomás Casas, y el hondureño Jonathan Odiel Benítez Rodríguez. Sus nombres, quizás aún no en los podios más altos, representan la tenacidad de una región que escala, que sueña y que avanza. 


Con un fervor similar, los colores de México se defendieron con pasión. En la justa femenina, Arantza Fernández Gutiérrez y Natalia de Jesús González enfrentaron los muros con valentía. Por el lado masculino, Andrés Ortega Fosado y Jair Octavio Moreno Montoya lucharon en cada agarre, en cada movimiento. Para todos ellos, la experiencia es un tesoro, cada competición una lección invaluable en este camino ascendente. Sus participaciones son la semilla de futuras gestas, el testimonio de una pasión que no conoce fronteras y que lucha por abrirse paso en un ecosistema de altísima exigencia. Cada intento, cada zona alcanzada, es un paso más en ese largo peregrinar hacia la consolidación en la élite mundial. 


Salt Lake City fue, pues, más que una competición. Fue un espejo de la escalada moderna: la hegemonía nipona, la garra estadounidense alimentada por su gente –como lo demostró también Colin Duffy con su "Houdini match" y su cuarto puesto vibrante –, la irrupción constante de nuevos talentos y la despedida de viejas glorias. Más que músculo, es ajedrez vertical, donde la mente es tan crucial como la punta de los dedos. 

La caravana de la Copa del Mundo sigue su curso, pero las paredes del Centro Nacional de USA Climbing guardarán el eco de los gritos, la tensión de los movimientos imposibles y la certeza de que, en este deporte, la única dirección es hacia arriba. Y allí, en la cima, siempre hay espacio para una nueva leyenda.


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