Escalar no es un deporte; es una negociación. Es un diálogo tenso, a veces agónico, entre la terquedad de la gravedad y la insolencia de la voluntad humana. En este febrero de 2026, bajo el cielo de una nación que ya respira el aroma de los estadios que recibirán el mundo en apenas unos meses, la escalada mexicana no buscaba un balón, sino una grieta; no perseguía un gol, sino un "Top" que se siente como la conquista de un reino efímero.
La III Etapa de la Copa México no fue solo una competencia; fue un espejo del tiempo. Porque para entender el sudor de hoy, hay que viajar al 2018. Hay que mirar a esos niños que, hace ocho años, veían el muro con ojos de asombro y que hoy lo enfrentan con la frialdad de quien conoce su destino.
El rugido de Thor y la precisión del cirujano
En la rama varonil, la narrativa nos regaló un contraste digno de las tragedias griegas. Por un lado, Thor Villegas García. El nombre no es una coincidencia; es un presagio. Thor entró a la Jam Session con la fuerza de una tormenta eléctrica, despachando bloques como quien aparta maleza en el camino. Sus 184.8 puntos no eran solo una cifra; eran un grito de guerra, una exhibición de potencia absoluta que lo colocaba en la cima antes de que el aislamiento de la final cerrara las puertas del mundo.
.jpg)
Pero el deporte, como la vida, no siempre se entrega al más fuerte, sino al que mejor sabe leer los silencios de la piedra. Apareció entonces Andrés Ortega Fosado. Si Thor era el martillo, Ortega era el bisturí. Con una gestión de energía propia de un monje zen, reservó el aliento en la clasificatoria para dar una lección de maestría en la final. Sus 99.5 puntos sobre 100 posibles son una oda a la eficiencia. Ortega resolvió lo que para otros fue un enigma indescifrable —el fatídico P3— con la naturalidad de quien camina por el pasillo de su casa. En el duelo entre la potencia y la precisión, esta vez la gloria fue para el que supo escuchar el susurro del muro.
.jpg)
María José y el arte de la hegemonía
En la rama femenil, el guion tuvo un nombre propio que se escribe con letras de oro: María José Estrada Planell. Hay atletas que compiten y hay atletas que dictan cátedra. María José pertenece a la segunda estirpe. Su paso por la Jam Session fue una danza de 175 puntos, una ejecución donde cada movimiento de pies parecía calculado por un arquitecto renacentista.
.jpg)
Sin embargo, detrás de su corona, la pared nos contó otras historias de resiliencia. La de Natalia González Guzmán, que nos recordó que en la escalada —como en la vida— lo que importa es cómo terminas. Natalia, la que en 2018 ya dominaba categorías infantiles, demostró que el ADN competitivo no se diluye con el tiempo. Fue la única capaz de doblegar el cuarto bloque de la final, ese P4 que se erigía como un gigante invicto ante todas las demás. Ahí, donde el glucógeno se agota y la piel de los dedos se rinde, Natalia encontró una reserva de orgullo para decir "aquí estoy yo".
.jpg)
La geografía del esfuerzo: Un frente unido
Pero la geografía del esfuerzo ha cambiado de escala. Ya no es solo la voluntad del escalador contra el polímero; es el peso de un sistema que finalmente ha decidido caminar en la misma dirección. Hoy, la escalada mexicana se asienta sobre una sinergia institucional que por años pareció quimérica: la FEMED, la CONADE y el Comité Olímpico Mexicano (COM) trabajando en un diálogo permanente.
Es la era de la colaboración y el respeto mutuo, donde Rommel Pacheco y Marijose Alcalá han entendido que el éxito del atleta nace de la suma de esfuerzos y no de la división de presupuestos. El símbolo más potente de esta nueva etapa es la reinauguración del muro de escalada en Villas Tlalpan, un santuario recobrado para que la selección nacional mayor forje sus sueños de cara a los Panamericanos Lima 2027 y el gran horizonte de Los Ángeles 2028.
Al final, cuando las luces se apagan y el silencio regresa a los muros, nos queda la certeza de que estos atletas no solo están escalando paredes de resina. Están escalando la historia de un deporte que en México ya no es una promesa aislada, sino una realidad apuntalada por un estado que ha vuelto a creer en sus campeones. El camino a los próximos Juegos Olímpicos es empinado, pero por primera vez, todos parecen sostener la misma cuerda.